-Estoy contento de que seas autónomo -respondió su padre-. En mi vida he conocido a varios individuos que querían ser artistas y a los que mantenían sus padres; ninguno consiguió triunfar. Es curioso, podría creerse que la necesidad de expresarse, de dejar huella en el mundo, es una fuerza poderosa; y, sin embargo, por lo general no basta. Lo que mejor funciona, lo que empuja a la gente con mayor violencia a superarse sigue siendo la pura y simple necesidad de dinero.
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Y, sorprendentemente, abriendo mucho los brazos, entonó muy alto y casi en el tono justo esta estrofa de Blues du businessmen:
¡Yo habría querido ser artiiiista
para crear un mundo solidario
para ejercer de anarquiiiista
y vivir como un millonario!
El vaso de vodka le temblaba entre las manos...
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-Sí... -El novelista examinaba de nuevo atentamente la lista de vinos-... Verá, han sido los periodistas los que me han adjudicado la fama de borracho; lo curioso es que ninguno de ellos se haya dado cuenta nunca de que si yo bebía mucho en su presencia era solamente para poder aguantarles... La prensa, de todos modos, es de una estupidez y un conformismo inaguantables, ¿no le parece? -insistió.
-No lo sé, la verdad, no la leo.
miércoles, 3 de abril de 2013
jueves, 28 de febrero de 2013
Cormac McCarthy. En La Frontera.
Cuando despertó aún era de noche. El fuego se había reducido a unas pocas llamas bajas que bailaban sobre los rescoldos. Se quitó el sombrero, aventó el fuego con él y lo alimentó con la leña que había recogido. Buscó el caballo con la mirada, pero no pudo verlo. Los coyotes seguían aullando a lo largo de la muralla de roca de Los Pilares y por el este empezaba a clarear tímidamente. Se acuclilló junto a la loba y le tocó el pelaje. Palpó sus dientes, fríos y perfectos. El ojo vuelto hacia la lumbre no reflejaba luz alguna y el chico lo cerró con el pulgar. Luego se sentó a su lado, le puso la mano en la cabeza ensangrentada y cerró los ojos para poder verla correr por las montañas, correr bajo las estrellas, donde la hierba estaba húmeda y el advenimiento del sol no había abierto aún la rica matriz de seres vivos que se habían cruzado con ella en la noche. Ciervos y liebres y palomas y campañoles, todos abundantemente inscritos en el aire para su deleite, todas las naciones del mundo dispuestas por Dios y de las cuales ella era una más e inseparable. Por donde ella corría los gritos de los coyotes cesaban de golpe, como si una puerta se hubiera cerrado sobre ellos y todo fuese miedo y asombro. Levantó de la hojarasca la rígida cabeza de la loba y la sostuvo entre sus manos e hizo ademán de asir lo inasible, lo que corría ya entre las montañas, terrible y bellísimo a un tiempo, como las flores que se alimentan de carne. Eso de que están hechos la sangre y los huesos pero que no puede formarse por sí sólo en un altar ni por herida alguna de guerra. Lo que sin duda podemos creer que tiene la facultad de cortar y moldear y ahuecar la negra forma del mundo del mismo modo que lo hacen el viento y la lluvia. Pero lo que no puede cogerse nunca ha de ser cogido, y no es una flor sino que es veloz y ligera y cazadora y el viento le teme y el mundo no puede quedarse sin ella.
Los proyectos condenados al fracaso dividen definitivamente las vidas entre el entonces y el ahora...
...Nadie le preguntó por qué había venido. Sólo le advirtieron que no se acercara al territorio de los yaquis, que se extendía más al oeste, porque los yaquis lo matarían. Después de que las mujeres le dieran unos paquetes que contenían una carne seca y correosa, maíz tostado y tortillas manchadas de hollín, un anciano se acercó a él y le habló muy ceremoniosamente en un español que apenas pudo entender. Mientras hablaba le miraba a los ojos y sujetando la silla de montar por delante y por detrás, de manera que el chico casi estaba sentado en sus brazos. Vestía de un modo extraño, y sus ropas de colores chillones lucían bordados que tenían la apariencia geométrica de unas instrucciones, tal vez de un juego. Llevaba alhajas de jade y plata y tenía el pelo más negro y largo de lo que su edad habría permitido presagiar. Le dijo al chico que aunque fuera huérfano debía dejar de vagar y buscarse un lugar en el mundo, porque errar de aquella manera podía convertirse en una pasión, y que dicha pasión lo extrañaría de los hombres y en última instancia de sí mismo. Dijo que el mundo sólo podía ser conocido tal como existía en los corazones de los hombres, pues aunque parecía un lugar que contenía seres humanos era, en realidad, un lugar contenido dentro de ellos, y por tanto para conocerlo uno debía mirar esos corazones y tratar de conocerlos, para lo cual era necesario vivir con los hombres y no limitarse a pasar entre ellos. Dijo que si bien el huérfano podía sentirse ajeno al resto de los hombres debía apartar de sí ese sentimiento, pues tenía en su interior una amplitud de espíritu que los hombres podían percibir y, por ello, desear conocer, y que el mundo podía necesitarlo a él tanto como él necesitaba el mundo, pues ambos eran una sola cosa. Por último dijo que si bien eso era bueno en sí mismo, como todas las cosas buenas también era un peligro. Luego apartó las manos de la silla del chico, retrocedió uno pasos y se quedó allí de pie. El chico le agradeció sus palabras pero le dijo que él, en realidad, no era huérfano, y luego dio las gracias a las mujeres y se alejó en su caballo. Los indios lo vieron marcharse. Al pasar por delante de las últimas chozas se volvió para mirar, y al hacerlo el anciano le dijo en voz alta: sí, lo eres. Eres huérfano. Pero el chico sólo levantó una mano y se tocó el sombrero y siguió su camino.
Los proyectos condenados al fracaso dividen definitivamente las vidas entre el entonces y el ahora...
...Nadie le preguntó por qué había venido. Sólo le advirtieron que no se acercara al territorio de los yaquis, que se extendía más al oeste, porque los yaquis lo matarían. Después de que las mujeres le dieran unos paquetes que contenían una carne seca y correosa, maíz tostado y tortillas manchadas de hollín, un anciano se acercó a él y le habló muy ceremoniosamente en un español que apenas pudo entender. Mientras hablaba le miraba a los ojos y sujetando la silla de montar por delante y por detrás, de manera que el chico casi estaba sentado en sus brazos. Vestía de un modo extraño, y sus ropas de colores chillones lucían bordados que tenían la apariencia geométrica de unas instrucciones, tal vez de un juego. Llevaba alhajas de jade y plata y tenía el pelo más negro y largo de lo que su edad habría permitido presagiar. Le dijo al chico que aunque fuera huérfano debía dejar de vagar y buscarse un lugar en el mundo, porque errar de aquella manera podía convertirse en una pasión, y que dicha pasión lo extrañaría de los hombres y en última instancia de sí mismo. Dijo que el mundo sólo podía ser conocido tal como existía en los corazones de los hombres, pues aunque parecía un lugar que contenía seres humanos era, en realidad, un lugar contenido dentro de ellos, y por tanto para conocerlo uno debía mirar esos corazones y tratar de conocerlos, para lo cual era necesario vivir con los hombres y no limitarse a pasar entre ellos. Dijo que si bien el huérfano podía sentirse ajeno al resto de los hombres debía apartar de sí ese sentimiento, pues tenía en su interior una amplitud de espíritu que los hombres podían percibir y, por ello, desear conocer, y que el mundo podía necesitarlo a él tanto como él necesitaba el mundo, pues ambos eran una sola cosa. Por último dijo que si bien eso era bueno en sí mismo, como todas las cosas buenas también era un peligro. Luego apartó las manos de la silla del chico, retrocedió uno pasos y se quedó allí de pie. El chico le agradeció sus palabras pero le dijo que él, en realidad, no era huérfano, y luego dio las gracias a las mujeres y se alejó en su caballo. Los indios lo vieron marcharse. Al pasar por delante de las últimas chozas se volvió para mirar, y al hacerlo el anciano le dijo en voz alta: sí, lo eres. Eres huérfano. Pero el chico sólo levantó una mano y se tocó el sombrero y siguió su camino.
lunes, 4 de febrero de 2013
Julian Barnes. El sentido de un final.
martes, 18 de diciembre de 2012
Jack McDevitt. Odisea.
Fundamentalmente, ahí fuera hay nitrógeno. Mucho nitrógeno. Rocas... Y espacio vacío. Ha llegado el momento de parar esa carrera e invertir el dinero en centros educativos. En escuelas racionales que enseñen a las mentes jóvenes a pensar, a exigir que los que detentan la autoridad que fundamenten sus ideas con pruebas. Haciendo eso, no necesitaremos crear un mundo para albergar a hermandades sagradas, de las que eliminarían de la faz del planeta a las demás personas si tuvieran la oportunidad de hacerlo.
...
La mayor parte de los Gobiernos y de los líderes corporativos a duras penas conseguiría que la gente fuera tras ellos para salir de un edificio en llamas. Y cuando se les oye hablar mucho de liderazgo, mal asunto. Dudo mucho que Winston Churchill dijera alguna vez esa palabra. Ya que estamos, seguro que tampoco Atila la mencionó.
...
El secreto de una carrera marcada por el éxito en prácticamente cualquier campo es unas buenas relaciones públicas. Olviden los resultados. Olviden los hechos. La percepción es lo que de verdad importa. (Gregory MacAllister, "Hacia abajo, hasta el final").
...
La fe es convicción sin evidencia, y a veces, convicción mantenida ante una evidencia en sentido contrario. En algunos lugares, esta cualidad es percibida como una virtud.
...
La soledad es una buena idea sólo si uno tiene las personas adecuadas a su alrededor para compartirla.
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La mayor parte de los Gobiernos y de los líderes corporativos a duras penas conseguiría que la gente fuera tras ellos para salir de un edificio en llamas. Y cuando se les oye hablar mucho de liderazgo, mal asunto. Dudo mucho que Winston Churchill dijera alguna vez esa palabra. Ya que estamos, seguro que tampoco Atila la mencionó.
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El secreto de una carrera marcada por el éxito en prácticamente cualquier campo es unas buenas relaciones públicas. Olviden los resultados. Olviden los hechos. La percepción es lo que de verdad importa. (Gregory MacAllister, "Hacia abajo, hasta el final").
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La fe es convicción sin evidencia, y a veces, convicción mantenida ante una evidencia en sentido contrario. En algunos lugares, esta cualidad es percibida como una virtud.
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La soledad es una buena idea sólo si uno tiene las personas adecuadas a su alrededor para compartirla.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Raymond Chandler. The Big Sleep.
“Tall, aren’t you?” she said.
“I didn’t mean to be.”
Her eyes rounded. She was puzzled. She was thinking. I could see, even on that short acquaintance, that thinking was always going to be a bother to her...
...«She's all alone too. The guy was with her passed out. They took him out to his car.»
«I'll take her home,» I said.
«The hell you will. Well, I wish you luck anyways. Should I gentle up that Bacardi or do you like it the way it is?»
«I like it the way it is as well as I like it at all,» I said...
...«You didn't ever get socked in the kisser, did you?» the gaunt man asked me briefly.
«Not by anybody your weight.»...
...Her small firm chin turned slowly. Her eyes were the blue of mountain lakes. Overhead the rain still pounded, with a remote sound, as if it was somebody else's rain.
«How do you feel?» It was a smooth silvery voice that matched her hair. It had a tiny tinkle in it, like bells in a doll's house. I thought that was silly as soon as I thought of it.
«Great,» I said. «Somebody built a filling station on my jaw.»
«What did you expect, Mr. Marlowe, orchids?»
«Just a plain pine box,» I said. «Don't bother with bronze or silver handles. And don't scatter my ashes over the blue Pacific. I like the worms better...
jueves, 11 de octubre de 2012
Knut Hamsun. Trilogía del Vagabundo.
Ahora he venido a vivir a los bosques. No es que esté disgustado ni que la maldad humana me haya ofendido; pero como los bosques no vienen a mí, yo tengo que ir a ellos. Así es. Esta vez no he salido de criado o vagabundo. Tengo mucho dinero y estoy muy bien alimentado, y no me hacen falta éxitos ni fortuna, ¿entiendes? He abandonado el mundo como un sultán abandona ricos manjares, harén y flores, para revestirse con el cilicio.
Podría decir aún más cosas. Porque voy a caminar por aquí y voy a pensar y a consumir en el fuego grandes hierros. Nietzsche seguramente habría dicho: «La última palabra que dirigí a los hombres logró su aprobación, los hombres asintieron con la cabeza. Fue mi última palabra, me marché a los bosques. Porque entonces comprendí que había algo deshonesto o algo estúpido...». No dije nada, pero me marché a los bosques.
No vayas a creer que aquí no sucede nada. Los copos de nieve caen como en la ciudad, y los pájaros y todos los animales están ocupados en sus cosas desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana. Podría contar historias ciertamente interesantes, pero no lo hago. He ido a los bosques, a causa de mi soledad y de mis grandes hierros ardientes; tengo unos grandes hierros, que están dentro de mí y que se encienden. Yo me trato, pues, de acuerdo con ellos. Si algún día me encuentro con un reno, diré probablemente: «Dios de los cielos, ved un reno, está furioso». Pero si me causa una impresión demasiado fuerte, me diré que es un ternero o un ave, y me engañaré a mí mismo. ¡Ya lo creo que aquí suceden cosas!
En mi vida he visto un saludo parecido.
Vivo día y noche en una cabaña de barro abandonada, y tengo que entrar en ella a gatas. Probablemente alguien la debió de construir hace mucho tiempo como refugio y permaneció escondido aquí durante varios días de otoño. Habitamos dos la cabaña; pero si no cuento a Madame como persona, yo soy el único habitante. Madame es una rata con la cual vivo; le he dado este nombre para honrarla lo más posible. Se come todo lo que dejo en los rincones, y a veces se alza sobre sus patas traseras y me mira. Al principio había heno seco en la cabaña, que amablemente regalé a Madame. Y para mi lecho utilicé blandas ramas de pino, como se debe hacer. Poseo un hacha, una sierra y algunos cacharros necesarios. Tengo también un saco de dormir, hecho con piel de oveja forrado con lana. Mantengo el fuego durante toda la noche; mi chaqueta, que está colgada cerca, huele por la mañana a resina. Cuando quiero hacer café, salgo fuera, lleno el caldero de nieve y lo cuelgo sobre el fuego: así me proporciono el agua.
«Pero ¿es vida esto?»
Te has expresado mal. Ésta es una vida que tú no puedes comprender. Tú tienes tu casa en la ciudad, sí, y la tienes adornada con figuras, y cuadros, y libros; pero además tienes mujer, y criadas, y mil gastos. Cuando velas y cuando duermes estás preocupado con estas cosas, y nunca estás tranquilo. Aquí estoy tranquilo. Quédate tú con los bienes espirituales, los libros, el arte y los periódicos. Quédate también con el café y con el whisky, que por cierto siempre me hace daño. Yo ando a través de los bosques y me va bien. Si me haces preguntas espirituales y quieres confundirme, te contestaré que Dios es el origen y que los hombres sólo son puntitos y fibras del universo. Tú tampoco sabes nada. Pero, si te obstinas y me preguntas qué es la eternidad, te contestaré, puesto que también he llegado a la misma conclusión que tú, que la eternidad no es más que tiempo aún no creado; nada más, tiempo aún no creado. Te quedas en la cama hasta las diez o las once, y todavía estás cansado y mustio cuando te levantas. Parece que te estoy viendo, cuando sales a la calle, parpadeando, porque la mañana ha amanecido demasiado pronto para tus ojos. Yo me levanto a las cinco y estoy del todo descansado. Afuera aún está oscuro; sin embargo, hay muchas cosas que observar: luna, estrellas, nubes y señales del tiempo que va a hacer muchas horas más tarde. ¿Cómo silba el viento? ¿Y cómo se quiebra el hielo del lago Glimma, con ruido seco y ligero, o profundo y largo? Percibo señales maravillosas, y cuando se hace de día añado los signos visibles a los audibles, y cada vez sé más cosas. Si ha caído de nuevo la nieve, los árboles, los arbustos y las piedras grandes han adquirido la forma de monstruos, como si durante la noche hubieran venido de otro mundo. Un pino arrancado por el viento, con las raíces hacia arriba, parece una bruja que se ha helado entre extrañas gesticulaciones. Por aquí salta una liebre, por allá ha pasado un reno. Cojo el saco de dormir, lo cuelgo de un árbol, porque Madame se lo come todo, y voy en pos de las huellas del reno. El animal ha ido muy despacio, como veo, pero con rumbo determinado. Ha cambiado hacia el este, a buscar la luz del día. A la orilla del río Skjel, que es muy rápido y nunca se hiela, ha bebido, ha comido un poco de musgo, ha descansado y ha continuado el camino.
Lo que ha hecho el reno es, probablemente, todo lo que he sabido y experimentado hoy. Creo que es algo. Los días son cortos. A las dos de la tarde, cuando regreso a casa, ya oscurece. El anochecer, agradable y tranquilo, se acerca. Luego empiezo a guisar.
Poseo una gran porción de carne, guardada en tres montones de blanquísima nieve. También tengo algo mejor: ocho gruesos quesos de leche de reno, aparte de manteca y pan. Mientras hierve el puchero, me echo, contemplo el fuego y me duermo. Duermo la siesta antes de almorzar. Y cuando me despierto, el puchero ya está cocido. Huele a carne y a resina en la choza. Madame corre por el suelo, de un lado para otro, hasta que recibe su ración. Después como yo y enciendo la pipa.
Se acabó el día. Todo ha salido bien, no me he disgustado por nada. Dentro del gran silencio que me rodea, soy el único hombre adulto que anda por aquí, lo cual me confiere cierta importancia y grandeza, me aproxima a Dios. A mis hierros también les va bien, creo yo, porque Dios hace grandes cosas por amor al prójimo.
Estoy aquí echado y pienso en el reno, en su camino, en lo que hizo a la orilla del Skjel, en cómo prosiguió el viaje. Se escurrió bajo unas ramas, y las astas arañaron varias señales en los troncos: más allá, un saucedal le obligó a dar un rodeo; pero, después de pasarlo, vino a ganar camino y siguió hacia el este. En todo esto pienso.
¿Y tú? ¿Has comprado ya los dos periódicos y te has enterado de cuál es la opinión pública en Noruega sobre el seguro para la vejez?
Podría decir aún más cosas. Porque voy a caminar por aquí y voy a pensar y a consumir en el fuego grandes hierros. Nietzsche seguramente habría dicho: «La última palabra que dirigí a los hombres logró su aprobación, los hombres asintieron con la cabeza. Fue mi última palabra, me marché a los bosques. Porque entonces comprendí que había algo deshonesto o algo estúpido...». No dije nada, pero me marché a los bosques.
No vayas a creer que aquí no sucede nada. Los copos de nieve caen como en la ciudad, y los pájaros y todos los animales están ocupados en sus cosas desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana. Podría contar historias ciertamente interesantes, pero no lo hago. He ido a los bosques, a causa de mi soledad y de mis grandes hierros ardientes; tengo unos grandes hierros, que están dentro de mí y que se encienden. Yo me trato, pues, de acuerdo con ellos. Si algún día me encuentro con un reno, diré probablemente: «Dios de los cielos, ved un reno, está furioso». Pero si me causa una impresión demasiado fuerte, me diré que es un ternero o un ave, y me engañaré a mí mismo. ¡Ya lo creo que aquí suceden cosas!
En mi vida he visto un saludo parecido.
Vivo día y noche en una cabaña de barro abandonada, y tengo que entrar en ella a gatas. Probablemente alguien la debió de construir hace mucho tiempo como refugio y permaneció escondido aquí durante varios días de otoño. Habitamos dos la cabaña; pero si no cuento a Madame como persona, yo soy el único habitante. Madame es una rata con la cual vivo; le he dado este nombre para honrarla lo más posible. Se come todo lo que dejo en los rincones, y a veces se alza sobre sus patas traseras y me mira. Al principio había heno seco en la cabaña, que amablemente regalé a Madame. Y para mi lecho utilicé blandas ramas de pino, como se debe hacer. Poseo un hacha, una sierra y algunos cacharros necesarios. Tengo también un saco de dormir, hecho con piel de oveja forrado con lana. Mantengo el fuego durante toda la noche; mi chaqueta, que está colgada cerca, huele por la mañana a resina. Cuando quiero hacer café, salgo fuera, lleno el caldero de nieve y lo cuelgo sobre el fuego: así me proporciono el agua.
«Pero ¿es vida esto?»
Te has expresado mal. Ésta es una vida que tú no puedes comprender. Tú tienes tu casa en la ciudad, sí, y la tienes adornada con figuras, y cuadros, y libros; pero además tienes mujer, y criadas, y mil gastos. Cuando velas y cuando duermes estás preocupado con estas cosas, y nunca estás tranquilo. Aquí estoy tranquilo. Quédate tú con los bienes espirituales, los libros, el arte y los periódicos. Quédate también con el café y con el whisky, que por cierto siempre me hace daño. Yo ando a través de los bosques y me va bien. Si me haces preguntas espirituales y quieres confundirme, te contestaré que Dios es el origen y que los hombres sólo son puntitos y fibras del universo. Tú tampoco sabes nada. Pero, si te obstinas y me preguntas qué es la eternidad, te contestaré, puesto que también he llegado a la misma conclusión que tú, que la eternidad no es más que tiempo aún no creado; nada más, tiempo aún no creado. Te quedas en la cama hasta las diez o las once, y todavía estás cansado y mustio cuando te levantas. Parece que te estoy viendo, cuando sales a la calle, parpadeando, porque la mañana ha amanecido demasiado pronto para tus ojos. Yo me levanto a las cinco y estoy del todo descansado. Afuera aún está oscuro; sin embargo, hay muchas cosas que observar: luna, estrellas, nubes y señales del tiempo que va a hacer muchas horas más tarde. ¿Cómo silba el viento? ¿Y cómo se quiebra el hielo del lago Glimma, con ruido seco y ligero, o profundo y largo? Percibo señales maravillosas, y cuando se hace de día añado los signos visibles a los audibles, y cada vez sé más cosas. Si ha caído de nuevo la nieve, los árboles, los arbustos y las piedras grandes han adquirido la forma de monstruos, como si durante la noche hubieran venido de otro mundo. Un pino arrancado por el viento, con las raíces hacia arriba, parece una bruja que se ha helado entre extrañas gesticulaciones. Por aquí salta una liebre, por allá ha pasado un reno. Cojo el saco de dormir, lo cuelgo de un árbol, porque Madame se lo come todo, y voy en pos de las huellas del reno. El animal ha ido muy despacio, como veo, pero con rumbo determinado. Ha cambiado hacia el este, a buscar la luz del día. A la orilla del río Skjel, que es muy rápido y nunca se hiela, ha bebido, ha comido un poco de musgo, ha descansado y ha continuado el camino.
Lo que ha hecho el reno es, probablemente, todo lo que he sabido y experimentado hoy. Creo que es algo. Los días son cortos. A las dos de la tarde, cuando regreso a casa, ya oscurece. El anochecer, agradable y tranquilo, se acerca. Luego empiezo a guisar.
Poseo una gran porción de carne, guardada en tres montones de blanquísima nieve. También tengo algo mejor: ocho gruesos quesos de leche de reno, aparte de manteca y pan. Mientras hierve el puchero, me echo, contemplo el fuego y me duermo. Duermo la siesta antes de almorzar. Y cuando me despierto, el puchero ya está cocido. Huele a carne y a resina en la choza. Madame corre por el suelo, de un lado para otro, hasta que recibe su ración. Después como yo y enciendo la pipa.
Se acabó el día. Todo ha salido bien, no me he disgustado por nada. Dentro del gran silencio que me rodea, soy el único hombre adulto que anda por aquí, lo cual me confiere cierta importancia y grandeza, me aproxima a Dios. A mis hierros también les va bien, creo yo, porque Dios hace grandes cosas por amor al prójimo.
Estoy aquí echado y pienso en el reno, en su camino, en lo que hizo a la orilla del Skjel, en cómo prosiguió el viaje. Se escurrió bajo unas ramas, y las astas arañaron varias señales en los troncos: más allá, un saucedal le obligó a dar un rodeo; pero, después de pasarlo, vino a ganar camino y siguió hacia el este. En todo esto pienso.
¿Y tú? ¿Has comprado ya los dos periódicos y te has enterado de cuál es la opinión pública en Noruega sobre el seguro para la vejez?
viernes, 5 de octubre de 2012
Stefan Zweig. Calidoscopio. Buchmendel.
...yo, que debiera saber que, si se producen libros, es precisamente para comunicarnos con los humanos más allá de nuestra vida, y desquitarnos así de la inexorable contrapartida de toda existencia: la inestabilidad y el olvido.
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